La humanidad a través de Stray: ¿Cómo es ser humano sin el ser humano?

Stray: Un ejercicio de reflexión sobre la trascendencia, la ausencia de dios y lo que nos conforma como personas.

stray portada pesada

Stray es uno de los juegos del momento, Annapurna Interactive y BlueTwelve Studio han sabido captar la atención del público consiguiendo un auténtico éxito de ventas y de jugadores concurrentes gracias a la aplicación de una gran diversidad de mecánicas en lo jugable tal y cómo os describimos en nuestro análisis.

Sin embargo, el mayor poso que me ha dejado el ‘juego del gato’ ha sido la reflexión que hace sobre la humanidad. El concepto de qué es ser un ser humano y cómo los límites de nuestra alma y los valores intrínsecos que nos conforman van más allá del recipiente de nuestros cuerpos.

En Stray encontramos una sociedad conformada por robots que han perdido a sus creadores, el ser humano es solo un recuerdo, una añoranza para esta criaturas que han visto como su referencia, sus ‘dioses’ les han abandonado para siempre. No obstante, Stray deja algunas ideas interesantes sobre las que reflexionar. En su mundo no hay ni una sola persona, pero la sombra de su civilización y los restos de su cultura inundan el lugar y a las formas de vida que han dejado atrás.

Una sociedad huérfana

El ser humano se rige por definición por dos patrones claros para establecer su conducta: la herencia genética y la cultural. Es la segunda la que más claramente marca nuestro carácter, nuestras creencias y valores, así como la forma en la que percibimos el mundo. Sin una herencia genética que determine su disposición natural a enfrentar el mundo que les rodea, los robots que habitan el mundo de Stray solo tienen como modelo la imitación de las conductas que heredaron del ser humano.

Son por tanto, reflejos de la humanidad que les precedió, individuos capaces de imitar lo aprendido, de la misma forma que un niño adquiere las conductas de sus padres, estas máquinas reflejan fielmente el conocimiento adquirido durante años. Sin embargo, han perdido a su referente, han quedado huérfanos de fuentes de inspiración y entre sus limitaciones está la incapacidad de evolucionar o de encontrar soluciones nuevas más allá del conocimiento previamente adquirido.

Están estancados, y solo unos pocos muestran inquietudes para llevar adelante empresas más desafiantes. No es hasta la intervención de B-12, el último rastro de humanidad real en el juego, que estos reúnen la entereza y la determinación necesarios para ir un paso más allá. Esta representación que hace Stray nos puede llevar a algunas conclusiones, y es que, por mucho que la sociedad nos de una serie de herramientas por las que guiarnos, es nuestra psique, o alma si se prefiere, la que nos lleva a dar los pasos necesarios para continuar con esa evolución.

En Stray, las máquinas no están solamente huérfanas de padres, sino que no han perdido las almas de estos, el auténtico motor que impulsaba su sociedad.

La dualidad del ser humano a través de Stray

En Stray, a diferencia de otros muchos juegos u obras de ficción que presentan situaciones similares, la ausencia del hombre no se percibe por parte de las máquinas desde el odio o la contradicción. Estos sentimientos son sustituidos por el anhelo de volver a encontrarse con el creador, con la incomprensión del abandono y la impotencia de verse condenados a repetir conductas habiendo perdido el sentido de estas tiempo atrás.

Sin embargo, el reflejo del hombre en Stray va más allá de máquinas que imitan sus conductas más triviales o positivas. Podemos ver cómo la sociedad de las máquinas responde a distintos patrones de programación y aquellas que no han sido creadas para fines de seguridad no albergan el más mínimo sentido de la agresividad. ¿Es nuestra alma la que nos hace cometer las más bajas de las acciones? ¿Está en nuestra condición genética exceder los límites de la creación y llegar a destruir el mundo que habitamos? ¿Es esto consecuencia directa de nuestra hambre por el progreso?.

No tengo respuestas absolutas en lo personal para esto, pero me atrevo a asegurar que la perspectiva de Stray responde afirmativamente a todas estas cuestiones. Muestra de ello es la presencia de los Zurk, que junto con los restos de edificaciones, son el otro resto de humanidad de este mundo. Un reflejo de los peores valores de nuestro ser, criaturas incansables, capaces de devorar todo lo que encuentran a su paso, son en definitivas cuentas una maldición sobre el mundo que deja el hombre atrás, la representación de las consecuencias de nuestros actos, imborrables del mundo, inolvidables para quiénes las sufren.

Producto de la codicia y del segmentarismo social que caracteriza los peores valores del mundo actual habitan el mundo subterráneo actuando, al igual que la ausencia de un referente, como una limitación insalvable que los robots son incapaces de afrontar desde su condición de caparazones llenos de costumbres y conocimiento, pero vacíos de un alma que les permita avanzar. Un condicionamiento que va más allá de lo genético: los pecados de los padres son la herencia de los hijos.

La trascendencia del Yo

Son muchas las obras culturales que indagan sobre este hecho, ejemplos como el anime Evangelion, la literatura de Asimov, videojuegos como Soma o series de televisión como Black Mirror han sabido captar esta esencia. Trascender a nuestros cuerpos para convertirnos en algo distinto sin perder nuestra condición de ser humanos es, en cierta forma, el siguiente paso en la evolución del hombre, un peligro del que Stray es muy consciente. 

Vivimos los primeros días de esta evolución, personalizándonos en metaversos digitales, creando contenidos imperecederos, volcando en la red nuestras vivencias y conocimientos, pero estamos lejos de ver lo que le ocurre a B-12. Si un extraterrestre llegara ahora a un planeta Tierra desolado y pudiera acceder a internet tendría una idea muy clara de cómo es el ser humano en todas sus facetas, podría imitar nuestro comportamiento, pero en ningún caso, podría tener una interacción real con una persona real, no podría verla en un contexto real ni advertir las diferencias que separan al individuo del conjunto.

B-12 es por tanto el último de su especie en el sentido más exiguo de la palabra, desposeído de su cuerpo e inconsciente su ser hasta el final del juego es la única criatura sobre el planeta capaz de llevar adelante las empresas del hombre. Tanto es así que necesita apoyarse en un felino para continuar con su existencia, una existencia a la que renuncia para darle a la sociedad oprimida por los vestigios de la humanidad que son los compañeros una última oportunidad. 

Un sacrificio, o un alivio según se vea, porque al final, lo que nos hace humanos no es una suma de las partes sino el todo. De ahí viene ese peligro que comentaba anteriormente, ¿seguiremos adelante en este ciclo de ambición por trascender o mantendremos a salvo nuestra humanidad renunciando a ser ‘dioses’? Esa es la pregunta que me ha dejado Stray como conclusión final.

En el futuro está la respuesta, en nuestra mano responderla.